Por: Dr. Jorge Luis Jesus Obregon Peralta
Publicado: 18/08/2026
Frente a los guiones de clases en la UC y las listas de grupos que les hago armar a mis estudiantes para raspar puntos extras, me he preguntado cuál es la naturaleza del valor. Enseñar se ha convertido en una suerte de naufragio intelectual, un ejercicio donde esgrimo que la respuesta a esta pregunta “coraje y honor” ya no se mide en batallas épicas, sino en la paciencia silenciosa de mi práctica como educador al sostener la mirada a un aula que ya no ríe como antes. Noches como hoy busco desesperadamente un destello de virtud, esa prudencia esquiva que los jóvenes parecen haber canjeado por la prisa de saber a qué hora exacta pueden irse. No sé por qué pienso esto, debería estar corrigiendo exámenes; pero, justo cuando intento encender una chispa de ánimo en mi alma, mi celular suena. Es la delegada del curso que, por decimoquinta vez, me pide las indicaciones del ABR. Sonrío y le contesto. Sin embargo, aunque ya lo he explicado bastante, me quedo pensando: ¿Por qué le debo responder?
Es en medio de esa respuesta nocturna cuando la memoria me devuelve el rostro de un chico, «mi alumno». Un día de evaluación llegó tarde, salvo que ese día estaba golpeado: había pasado la mañana entera en la fiscalía tras haber sido asaltado en el terminal de la ciudad, donde le robaron todo. Él vivía fuera de la ciudad y ese día no vino a pedir que lo entendiera; se plantó frente a mí y, con el tiempo en contra, pidió su examen y en muy mal estado físico lo terminó. Al finalizarlo, me preguntó con timidez si yo sabía de derecho penal, buscando entender su propia desgracia desde el aula. Su única preocupación desafiaba toda lógica; en lugar de preguntar cómo recuperar su nota, solo deseaba salvar la asistencia de ese día y cumplir. No voy a mentir, esto suena muy romántico, pero el examen final lo aprobó con una calificación más que destacada, regalándome una mirada iluminada que sencillamente no tiene precio. Al verlo, entendí que él nunca quiso privilegios; decidió cruzar el océano académico entregándolo absolutamente todo, sin reservas. Pura épica de superación.
Y aquí estoy, persistiendo en la docencia por culpa de él, algo que a veces no esperaba seguir haciendo. ¿Quieren saber cómo lo hago? No me guardo nada de fuerzas para el regreso. Para expresar esto, quiero compartir una convicción; sentir que estás listo para salir allá afuera no viene con una señal de alerta, nace de un salto de fe. Es lo mismo con la vida de un alumno universitario en un entorno adverso, se requiere la valentía de saltar al vacío, confiando en que las conexiones neuronales responderán a la caída. Así como el verdadero maestro entrega su vida e innova, aquellos estudiantes que buscan culminar su etapa de formación deben despertar con la única urgencia de buscar la verdad. Esta búsqueda exige rescatar los cimientos del coraje y el honor, virtudes olvidadas en una época que prefiere el aplauso efímero. La educación no es un contrato pasivo de recepción, sino uno donde la disposición del alma del estudiante determina el cielo a alcanzar.
Al observar la universidad, es fácil notar que el talento sin la guía de la prudencia es solo una máquina ruidosa que gira en el vacío. En el campus conviven los que están solo por el título, están los becados intensos, alumnos brillantes pero estresantes que no mueven un dedo si la actividad no lleva una calificación o un logro, los soberbios o extrovertidos, muchachos con un potencial Ensayo altísimo que miran a la institución con desdén o indiferencia y prefieren sus propias actividades, y los introvertidos que prefieren regalarle la nota al resto antes que romper su soledad. Asimismo, existe un tipo de estudiante que me conmueve de manera particular; aquel que encarna el hito de ser el primer profesional de toda su historia familiar. Carga con una mochila invisible llena de expectativas ajenas, topándose de frente con una base escolar precaria y dificultades tanto económicas como cognitivas. En general todos son jóvenes adultos atrapados en el vaivén de su propia madurez, donde sus peores enemigos terminan siendo ellos mismos y sus profundas inseguridades. Der este modo, ante el abismo de no entender o quedarse rezagados, su única salvación es la filosofía de la supervivencia; cuando todo va mal, solo te queda la opción de ponerte a trabajar, resolver un problema y luego resolver el siguiente. Es así que desde una perspectiva única todos logran reconocer que el conocimiento no es magia, sino el coraje de enfrentar la adversidad, un paso a la vez.
Y para guiar este proceso está el docente que se debe armar con todas las herramientas pedagógicas posibles, y que aún asi, a menudo flaquea ante las tormentas familiares y las vulnerabilidades que acechan a estos jóvenes. Quisiera, y hablo en primera persona, salvarlos a todos de la deserción y del vacío, mentirles y decirles que todo va a estar bien, derribando los muros burocráticos del sistema tal como lo hacían los viejos maestros de antaño. No obstante, la gran teoría de la educación se resume en la entrega mutua de voluntades entre docente y estudiante, quienes se desafían a trascender. Es allí donde deben descubrir que el honor, inspirado por cualquiera de sus maestros, es lo que terminará marcando su propio camino.
Hoy en día, muchos jóvenes dominan con destreza el arte de la cancelación y el juicio superficial en el ámbito privado, pero carecen de la capacidad para cultivar la reflexión y edificar un juicio crítico constructivo. El verdadero honor no está en sumarse a ese ruido, sino en romper este lazo generacional que los adormece y vencer a la imprudencia que habita en el interior. Solo así podrán transformar sus próximas aventuras intelectuales, reconociendo una estrategia de innovación pedagógica con gratitud, pues lo que logran son horas de estudio bien dirigidas.
En retrospectiva, al mirar este abismo de vulnerabilidad, entiendo que las casas de estudios de hoy no son templos de paz, sino trincheras para resistir. Enseñar es liderar un regimiento de almas heridas en un universo que parece atrapado en una ansiedad invisible. Por eso, cuando el cansancio me tienta a bajar los brazos y veo a mis alumnos dormir, resuena en mi mente una arenga silenciosa: «¿Quieren lograr sus metas? ¡Coraje y honor, mis estudiantes! ¡Por sus familias, y por ustedes mismos!». Ustedes han caminado por el campus cargando a cuestas sus propias derrotas y no esperan una victoria fácil ni un camino pavimentado. Necesitan encontrar un líder que no los abandone en la oscuridad, un maestro que les recuerde que el conocimiento es nuestra única arma contra el caos del desinterés y la mediocridad.
Quisiera decir más, pero debo terminar. Tengo que aceptar que, para que crezcan, su realidad pronto se reducirá a estar completamente vulnerables ante el mundo fuera de la universidad. Aunque a veces, cuando acaban las clases, me quedo solo en el aula; como en esas viejas películas de los ochenta, rumiando el misterio de cómo llegar realmente al fondo de sus corazones para ayudarlos. De este recorrido nació la necesidad de escribir esto; para pedirles mentalmente que sean ese alumno, ese que arriesga el alma entera a pesar de sus carencias, el que decide dar el salto de fe y no guardarse nada para el regreso. Y solo espero que el eco de mi propia lección no regrese para juzgarme esta noche; pues yo también tengo miedo y culpa de descubrir si, al final de todo, al que le faltó el coraje y el honor para estar aquí con ustedes fue a mí.




