Por: Mag. Janett Amauta Orós Vengoa, docente de la Universidad Continental – Cusco
Publicación: 28/09/2026
A veces, para aprender a liderar, primero necesitamos atrevernos a mirar nuestra propia historia
Hablar de liderazgo suele llevarnos a pensar en habilidades como la comunicación, el trabajo en equipo o la toma de decisiones. Sin embargo, a lo largo de mi experiencia como docente de la asignatura Laboratorio de Liderazgo e Innovación, en la cual partimos por abordar el liderazgo desde el proceso inicial del autoconocimiento; proceso que aborda el reconocimiento de nuestras fortalezas, debilidades, valores, emociones, nuestra historia personal y familiar, surgió una pregunta retadora: ¿cómo puede una persona liderar a otros sin antes lograr comprender y valorar su propia historia?
A partir de esta reflexión nació El Sol en mi Crisol, una experiencia de innovación pedagógica que fue evolucionando entre los periodos académicos 2024-20, 2025-20 y 2026-10. La propuesta surgió al identificar una situación recurrente en estudiantes de primeros ciclos: hablar de experiencias personales significativas no siempre era sencillo. Muchos sentían temor, vergüenza o inseguridad al compartir aspectos de su historia de vida, especialmente cuando estos estaban relacionados con momentos difíciles o emocionalmente sensibles.
Dentro de la asignatura trabajamos el concepto de “crisol”, entendido como aquella experiencia que marca un antes y un después en la vida de una persona. Un crisol puede representar una dificultad, una pérdida, un cambio importante o una situación que deja aprendizajes significativos. Sin embargo, expresar estas experiencias frente a otros puede generar miedo al juicio o a la exposición emocional.
Fue entonces cuando surgió una pregunta que cambió el rumbo de la experiencia: ¿y si el problema no estaba en la disposición de los estudiantes para participar, sino en que las estrategias utilizadas no les brindaban un espacio seguro para hacerlo?
Esta inquietud dio origen a una propuesta que fue transformándose progresivamente, siempre con una misma intención: crear ambientes de aprendizaje más humanos, empáticos y respetuosos, donde cada estudiante pudiera expresarse desde sus propias posibilidades.
La primera experiencia se desarrolló en 2024. Los estudiantes escribieron en un papel de manera anónima una experiencia significativa o difícil de sus vidas. Posteriormente, las historias fueron mezcladas y distribuidas aleatoriamente entre grupos de trabajo, quienes debían representarlas mediante dramatizaciones.
Esta estrategia produjo algo muy valioso: los estudiantes podían reflexionar sobre experiencias humanas reales sin sentirse directamente expuestos. Al representar la historia de otro, aprendían a escuchar, comprender y ponerse en el lugar de los demás. La dramatización se convirtió así en un espacio para fortalecer la empatía, la escucha activa y el trabajo colaborativo.
Sin embargo, la innovación no se detuvo allí. Durante el año 2025 observé que algunos estudiantes se sentían más cómodos escribiendo que actuando. Por ello, incorporamos la elaboración de cuentos y relatos reflexivos, permitiendo que quienes tenían mayor dificultad para expresarse oralmente encontraran en la escritura una forma más segura y personal de compartir sus aprendizajes.
Posteriormente, en el año 2026, se incorporó el uso de herramientas de inteligencia artificial, como ChatGPT y Gemini, para transformar historias anónimas en historietas digitales. En esta etapa, la tecnología no fue el objetivo principal, sino un recurso para potenciar la creatividad y la reflexión. Las historietas permitieron que los estudiantes visualizaran sus experiencias a través de personajes, imágenes y mensajes, facilitando procesos de autoaceptación y resignificación.
La experiencia evidenció que innovar no consiste únicamente en incorporar nuevas herramientas, sino en comprender las necesidades reales de los estudiantes y adaptar las estrategias pedagógicas para responder a ellas.
Los resultados obtenidos fueron muy significativos. En 2024 participaron 34 estudiantes, y el 100 % de quienes respondieron la encuesta de satisfacción manifestó haber tenido una experiencia positiva. La dramatización fue la estrategia que generó mayor conexión emocional y participación colectiva.
En 2025 participaron 20 estudiantes, de los cuales el 75 % logró expresar y analizar sus experiencias mediante cuentos elaborados colaborativamente con apoyo de inteligencia artificial. Asimismo, el 70 % manifestó sentirse satisfecho con la propuesta.
En 2026 participaron 35 estudiantes. Al inicio, 20 presentaban dificultades para expresar emociones o compartir experiencias personales. Después de la implementación de las historietas digitales, 15 de ellos lograron una mayor apertura emocional y participación reflexiva, representando el 75 % del grupo que inicialmente mostraba esta dificultad.
Más allá de los porcentajes, la experiencia permitió comprender algo fundamental: no todos los estudiantes aprenden, sienten o se expresan de la misma manera. Algunos encontraron su voz en la dramatización; otros, en la escritura; y otros, mediante recursos tecnológicos y visuales.
Esta experiencia también me permitió reafirmar que el liderazgo auténtico nace del autoconocimiento. Antes de pedir a nuestros estudiantes que lideren proyectos, equipos o iniciativas, es importante ayudarlos a reconocer quiénes son, qué han vivido y qué aprendizajes han construido a partir de sus propias experiencias.
El verdadero aprendizaje: humanizar el aula
Humanizar el aula implica comprender que cada estudiante llega a la universidad no solo con conocimientos y expectativas académicas, sino también con historias, emociones, sueños y desafíos personales. Crear espacios seguros no significa disminuir las exigencias, sino enseñar desde la empatía, el respeto y la confianza.
El Sol en mi Crisol me permitió confirmar que una experiencia difícil no tiene por qué quedarse únicamente en el dolor. Cuando aprendemos a mirarla, reflexionarla y resignificarla, también puede convertirse en una fuente de aprendizaje y crecimiento. Quizá allí comienza el liderazgo auténtico: cuando dejamos de esconder nuestra historia y empezamos a aprender de ella.
Como docente, hoy reafirmo que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. También significa acompañar procesos, abrir oportunidades y generar experiencias que permitan a los estudiantes descubrir que detrás de cada persona existe una historia que merece ser escuchada, comprendida y valorada.




