Por: Mg. Helina Julia Vergara Miranda
Directora Académica, Universidad Continental – Campus Cusco
Publicado: 18/08/2026
Saber de finanzas no siempre significa decidir bien
Los estudiantes universitarios toman decisiones económicas todos los días: administran sus propinas o ingresos, pagan suscripciones y servicios móviles, compran por internet, comparan opciones de crédito y, en muchos casos, combinan los estudios con el trabajo. Participan activamente en el mundo financiero, aunque no siempre cuentan con los criterios necesarios para anticipar las consecuencias de sus decisiones.
La digitalización ha hecho que pagar, transferir o comprar sea más rápido y sencillo; hoy, Yape, Plin o Sip forman parte de la vida cotidiana. También ha introducido riesgos vinculados con el fraude, la seguridad y los patrones de gasto. La OECD (2025) advierte que la alfabetización financiera digital requiere integrar conocimientos, habilidades, actitudes y comportamientos para utilizar los servicios financieros de manera segura y contribuir al bienestar. Este enfoque es especialmente relevante para jóvenes que pueden acceder a una oferta o a una cuota en segundos, mucho antes de detenerse a evaluar su impacto en el presupuesto.
Aquí aparece una tensión conocida: una persona puede explicar qué es el ahorro y no ahorrar, puede calcular una tasa y elegir el crédito más costoso, puede elaborar un presupuesto y abandonarlo a la semana siguiente. Una revisión reciente sobre estudiantes universitarios identifica el conocimiento y el comportamiento financiero como los dos temas predominantes en este campo, y refuerza la necesidad de estudiar cómo se relacionan en la vida cotidiana (Rodríguez-Correa et al., 2025). Por ello, enseñar conceptos es indispensable, pero no suficiente.
El verdadero reto: cerrar la brecha entre saber y actuar
Durante años, la educación financiera se ha concentrado en explicar presupuesto, ahorro, crédito, tasas de interés y endeudamiento. Sin embargo, el desafío pedagógico no consiste únicamente en explicar mejor, sino en diseñar experiencias que permitan al estudiante decidir, equivocarse sin poner en riesgo su dinero, analizar consecuencias y volver a intentar.
Una revisión de 2025 sobre educación financiera en estudiantes destaca el papel del docente y de las pedagogías activas para formar decisiones financieras responsables (Leong et al., 2025). Esta mirada desplaza el centro de la clase: el estudiante deja de ser receptor de recomendaciones y se convierte en protagonista de decisiones contextualizadas. El docente, por su parte, no fiscaliza cuánto gasta ni prescribe una única forma de vivir; plantea dilemas, hace visibles los criterios y acompaña la reflexión.

Figura 1. Del conocimiento al hábito: ciclo de aprendizaje financiero basado en decisiones. Elaboración propia.
Cuatro experiencias para aprender a decidir
- El presupuesto con vida real. En lugar de completar una plantilla con ingresos y gastos estables, el estudiante trabaja con un presupuesto ficticio que cambia: aparece una emergencia, disminuye el ingreso o surge una oportunidad que exige priorizar. La evidencia no es la hoja terminada, sino la capacidad de reajustarla y justificar qué protegió, qué postergó y por qué.
- El dilema de la cuota pequeña. Se presentan dos o tres alternativas de compra o crédito con cuotas, tasas y plazos distintos. El estudiante calcula el costo total, identifica condiciones relevantes y argumenta su elección. Así descubre que una cuota aparentemente accesible no siempre representa la decisión más conveniente.
- La huella de los pequeños gastos. Durante una semana, cada estudiante registra decisiones cotidianas mediante categorías o rangos, sin revelar información bancaria ni datos familiares. Luego proyecta su efecto mensual y anual, identifica patrones y elige un ajuste viable. No se busca culpabilizar el consumo, sino comprender su relación con las metas personales.
- La pausa antes de comprar. Ante una compra simulada, el estudiante distingue necesidad, deseo, impulso y presión social, compara alternativas y establece una breve regla de decisión. La actividad permite observar autocontrol, pensamiento crítico y coherencia entre la elección y un objetivo de mayor plazo.
¿Dónde aporta la tecnología?

Imagen creada con IA. https://gemini.google.com
La tecnología puede ampliar estas experiencias: una hoja de cálculo permite comparar escenarios, un formulario ayuda a registrar patrones, un simulador introduce imprevistos, y una herramienta de inteligencia artificial puede formular preguntas, generar casos o brindar retroalimentación inicial. Pero innovar no consiste en añadir inteligencia artificial a cada actividad. Consiste en utilizar la herramienta adecuada para fortalecer el aprendizaje y producir evidencias de que este realmente ocurrió.
Si se utiliza IA, el estudiante debe conservar la decisión y la argumentación. La herramienta puede preguntar “¿qué costo no consideraste?” o “¿cómo cambiaría tu elección si disminuyera tu ingreso?”, pero no debería reemplazar el análisis. Es importante tener en cuenta que no se deben ingresar contraseñas, estados de cuenta ni información financiera sensible: los escenarios ficticios, rangos y datos anonimizados son suficientes para aprender.
Evidenciar el aprendizaje, no solo la participación
Una actividad vistosa no demuestra por sí misma que hubo aprendizaje. El número de interacciones con una aplicación, la entrega de un presupuesto o la respuesta correcta en un cuestionario son evidencias parciales. Para valorar una competencia financiera conviene observar si el estudiante:
Compara alternativas considerando costo total, riesgos y condiciones.
Justifica su decisión con criterios y no solo con preferencias.
Anticipa consecuencias sobre su presupuesto y sus metas.
Ajusta su estrategia cuando cambian los ingresos, gastos o prioridades.
Transfiere lo aprendido a un dilema nuevo y propone un hábito viable.
Estas evidencias pueden recogerse mediante rúbricas breves, comparaciones antes y después, diarios de decisión o explicaciones orales. El propósito no es evaluar la situación económica personal del estudiante, sino su capacidad para tomar decisiones informadas, autónomas y responsables.
Educar financieramente es formar autonomía
Formar hábitos financieros saludables no significa enseñar a gastar menos en todo ni imponer una única manera de administrar el dinero. Significa ofrecer criterios para decidir de acuerdo con las posibilidades, necesidades y proyectos de vida de cada persona. Cuando el estudiante puede explicar por qué elige, anticipar qué ocurrirá y ajustar su conducta, el conocimiento comienza a convertirse en competencia.
La innovación pedagógica en educación financiera ocurre precisamente allí: cuando la clase deja de hablar solo sobre el dinero y comienza a crear oportunidades para aprender a decidir. La tecnología puede acompañar ese proceso, pero el propósito sigue siendo profundamente humano: fortalecer la autonomía, el bienestar y la capacidad de construir un futuro con mayor conciencia.




