Por: Dra. Myriam López Pérez
Jefa del Campus Virtual de la Universidad La Salle Cancún
Publicado: 08/09/2026
Es bien conocido que el ámbito académico es uno de los más ideales casos para la aplicación de esta disruptiva tecnología que hoy por hoy, está presente en todos los ámbitos de nuestras vidas, la inteligencia artificial. Transformando la manera en la que enseñamos, aprendemos y en general, nos relacionamos con el conocimiento. Como catedráticos, lo natural es que esta transformación nos interpele directamente, desde la perspectiva de nuestra búsqueda inagotable de nuevas formas de acompañar a nuestros estudiantes en el logro del aprendizaje significativo.
Desde esa inquietud surgió la experiencia de implementar un chatbot con inteligencia artificial en mis grupos de Estadística. La asignatura, como sabemos quiénes la hemos impartido, suele representar un reto importante para estudiantes de áreas económico-administrativas, no necesariamente porque sean incapaces de comprenderla, sino porque muchas veces la perciben como una materia distante, abstracta o demasiado numérica. En mi experiencia, el mayor obstáculo no siempre está en aplicar una fórmula o seguir un procedimiento, sino en interpretar los resultados, comprender qué significan los datos y cómo pueden servir para tomar decisiones reales.

Imagen generada por IA https://gemini.google.com
Esta decisión no se trató solamente de abrir una herramienta de inteligencia artificial y pedirles a los estudiantes que la usaran libremente. El chatbot fue alimentado con los contenidos del curso, el programa de estudio, materiales de apoyo y ejemplos relacionados con el contexto de los estudiantes. Además, le di una orientación muy específica: debía actuar como tutor, pero también como guía para ayudarles a formular mejores preguntas. Esto último me pareció fundamental, porque pronto confirmé algo que hoy considero una de las conclusiones más importantes de esta experiencia: los estudiantes pueden convivir diariamente con la tecnología, pero eso no significa que sepan utilizarla para aprender.
Al inicio, debo reconocerlo, el uso del chatbot no fue tan alto como esperaba. Los estudiantes no lo incorporaron de inmediato a sus hábitos de estudio. Eso me llevó a observar con mayor cuidado lo que estaba ocurriendo. Me di cuenta de que muchos no lo usaban porque tampoco estaban estudiando los temas con regularidad, no resolvían los ejercicios o no tenían claro qué preguntar. Entonces comprendí que la inteligencia artificial, por sí sola, no genera aprendizaje. La herramienta necesita ser enseñada, modelada y acompañada dentro de una estrategia didáctica.
A partir de ahí modifiqué la dinámica. Empecé a integrar el chatbot en las clases, a utilizarlo frente al grupo, a preguntarle cómo interpretar resultados, cómo detectar errores y cómo explicar procedimientos. También ajusté las actividades para que los tiempos de entrega fueran más cercanos y los estudiantes tuvieran razones concretas para interactuar con la herramienta. Fue entonces cuando el chatbot comenzó a cobrar otro sentido. Ya no era solo una novedad tecnológica, sino un acompañante de aprendizaje.
Uno de los aprendizajes más importantes fue constatar que un chatbot educativo funciona mejor cuando no se limita a dar respuestas, sino cuando ayuda al estudiante a pensar. En Estadística, esto fue especialmente valioso, porque permitió que los alumnos verificaran resultados, revisaran sus errores, compararan procedimientos y, sobre todo, reflexionaran sobre el significado de los datos. En algunos casos, incluso se dieron cuenta de que la inteligencia artificial también puede equivocarse, y eso abrió una oportunidad muy rica para desarrollar pensamiento crítico.
También confirmé que el docente no pierde importancia con la inteligencia artificial; al contrario, su papel se vuelve todavía más relevante. La IA puede responder dudas, ofrecer ejemplos y brindar retroalimentación inmediata, pero el docente es quien diseña la experiencia, orienta el uso, establece los límites, conecta la herramienta con los objetivos de aprendizaje y ayuda a interpretar lo que ocurre en el proceso. En ese sentido, no veo a la inteligencia artificial como sustituta del profesor, sino como una mediadora que puede ampliar sus posibilidades pedagógicas. Quizás suene a frase trillada, pero hasta que lo vives en el aula, aunque hayas leído muchos casos similares alrededor del mundo, es que puedes realmente apropiarte de las bondades de esta tecnología. Es por ello por lo que animo a todos los colegas a que dediquemos una buena parte de nuestro trabajo a aprenderla, pero también a aprender a integrarla a nuestra labor, situación que solo podemos lograr y refinar con la práctica.
Los resultados obtenidos fueron muy alentadores. Los estudiantes valoraron positivamente el chatbot como apoyo complementario, muchos señalaron que les gustaría contar con una herramienta similar en otras asignaturas y varios reconocieron que era la primera vez que usaban una inteligencia artificial personalizada para aprender. Sin embargo, también aparecieron hallazgos que invitan a la reflexión. Usar más la herramienta no siempre significó practicar más o aprender mejor. Esto me parece muy importante, porque nos recuerda que la frecuencia de uso no debe confundirse automáticamente con aprendizaje profundo. La clave está en cómo se usa, para qué se usa y bajo qué orientación pedagógica se integra.

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Otra conclusión que considero muy relevante es que el chatbot no sustituyó al libro, ni a la clase, ni a los ejercicios; en los mejores casos, los reactivó. Algunos estudiantes utilizaron la herramienta para comprender mejor el material, para animarse a revisar conceptos y para ir más allá de lo visto en clase. Esto me parece una señal importante: cuando la inteligencia artificial se integra adecuadamente, puede convertirse en un puente entre los recursos tradicionales y nuevas formas de aprender.
Hoy puedo decir que esta experiencia me permitió mirar la enseñanza de la Estadística desde otra perspectiva. El chatbot no resolvió todos los problemas, pero sí abrió nuevas posibilidades para personalizar el aprendizaje, acompañar dudas, fortalecer la autonomía y despertar curiosidad. Sobre todo, me confirmó que la inteligencia artificial puede ser una gran aliada educativa cuando se integra con intención, con método y con acompañamiento docente.
La principal aportación de esta experiencia es comprender que la IA educativa no se adopta sola: se enseña, se modela, se acompaña y se evalúa. Ahí está, justamente, el verdadero reto y también la gran oportunidad para quienes creemos que la educación debe transformarse sin perder su sentido humano.




